NEUROFISIO REPROGRAMACIÓN
MENTAL PARA SANAR.
La mayoría de nosotros pensamos igual que nuestro entorno; reaccionamos a éste. Sin embargo tenemos que separarnos de él, ir a la soledad y crear un nuevo ideal de nosotros mismos con una nueva realidad y mantener ese sueño vivo y repetirlo una y otra vez para que el cerebro empiece a rastrear y estructurar esa realidad antes de que realmente la experimentemos con los sentidos.
El punto de encuentro entre la espiritualidad y la ciencia.
Defendemos el poder del ser humano para reinventarse cada día.
Reprogramación de los hábitos de manera inteligente espiritual o subconsciente.
Creemos en la capacidad de construir y conducir el propio cerebro y a través de él influir en el cuerpo basándose en su experiencia personal y en la observación espontánea. “Si cada mañana nos planteáramos cuál es la mejor idea que puedo tener de mí mismo, tendríamos otro tipo de mundo”.
Explicar
que la mente subjetiva está afectando al mundo objetivo, y eso es el principio
de un verdadero cambio.
¿Cada
vez que pensamos fabricamos sustancias químicas?
Así es, y
estas sustancias a su vez son señales que nos permiten sentir exactamente cómo
estábamos pensando.
Así que si tienes un pensamiento de infelicidad, al cabo de
unos segundos te sientes infeliz.
El problema es que en el momento en que
empezamos a sentir de la manera en que pensamos, empezamos a pensar de la
manera en que nos sentimos, y eso produce aún más química.
Así se
crea lo que llamamos el estado de ser.
La repetición de estas señales hace que
algunos genes estén activados y otros apagados.
Memorizamos este estado como
nuestra personalidad, así que la persona dice: “Soy una persona infeliz, negativa, o llena de culpa”,
pero en realidad lo único que ha hecho es memorizar su continuidad química y
definirse como tal.
Nuestro organismo se acostumbra al nivel de sustancias
químicas que circulan por nuestro torrente sanguíneo, rodean nuestras células o
inundan nuestro cerebro.
Cualquier perturbación en la composición química
constante, regular y confortable de nuestro cuerpo dará como resultado un
malestar.
Es una
parte de mi trabajo, no se trata sólo de cambiar la química cerebral, también
los circuitos cerebrales, el cableado.
Si podemos forzar al cerebro a pensar
con otros patrones o secuencias, estamos creando una nueva mente.
El principio
de la neurociencia es que si las células neuronales se activan conjuntamente,
se entrelazan creando una conexión más permanente.
Una persona ante una
situación, por nueva que sea, recurre a esa conexión, es decir, repite el mismo
pensamiento una y otra vez y da las mismas respuestas, su cerebro no cambia,
vive con la misma mente cada día.
Usted
ha estudiado las curaciones milagrosas… ¿Qué conclusiones ha extraído?
Después de
estudiar remisiones espontáneas y milagrosas, hay cuatro cosas en común entre
la mayoría de las personas que han tenido una remisión de su enfermedad.
“Lo
primero es que todas ellas aceptaron y creyeron que había una inteligencia que
vivía dentro de ellas, llámalo inteligencia espiritual o inteligencia
universal.
Todas estas personas aceptaron que había algún orden innato que les
estaba dando vida; y razonaron que no había nada místico sobre la inteligencia,
la cual mantenía su corazón latiendo, digiriendo la comida, creando nuevas células
cada día.
Básicamente les daba suficiente vida y podían interactuar y conectar
con esta inteligencia y dirigirla para que les hiciera la curación.
Razonaron
que se habían distanciado de este nivel mental, esta mente superior, y que si
podían empezar a desarrollar una relación con esta mente y acercarse más a ella
ésta asumiría el mando y empezaría a reparar sus desequilibrios”.
“Lo
segundo es que todos ellos aceptaban que sus pensamientos, su manera de pensar
a lo largo de un periodo de tiempo (veinte o treinta años), sus reacciones, sus
actitudes, crearon su enfermedad; que vivieron a diario con emociones y
pensamientos destructivos de inseguridad, sufrimiento y minusvalía, y que estas
emociones y pensamientos estaban literalmente rompiendo los tejidos.
Porque
cada vez que tenemos un pensamiento creamos una sustancia química. Si tenemos
pensamientos grandes y felices creamos sustancias químicas que nos hacen sentir
fantásticos y felices; si tenemos pensamientos negativos, de infelicidad o
autodestructivos, creamos sustancias químicas que nos hacen sentir infelices y
destructivos.
Así que los pensamientos adoptan una forma química, y ésta da la
señal al cuerpo de permitir sentirnos exactamente de la manera en que estamos
pensando”.
“Lo
tercero es que se tenían que reinventar a sí mismas; decidieron hacerse algunas
preguntas importantes:
¿cómo me sentiría siendo feliz?
¿A quién conozco en mi
vida que sea una persona feliz?
¿Qué tengo que cambiar sobre mí mismo para
vivir con alegría?
¿En qué punto de mi día me vuelvo inconsciente y negativo?
¿A quién admiro de la historia?
Empezaron a hacerse preguntas importantes.
Al
hacerse estas preguntas forzaron a sus cerebros a empezar a pensar de nuevas
maneras.
Empezaron a interrumpir el programa de pensar y sentir y literalmente
empezaron a construir nuevas conexiones neurológicas en sus cerebros, que
actuaron como plataforma o escenario para convertirse en una nueva persona.
Esa
nueva persona mandaba nuevas señales (o sea las sustancias químicas de sus
pensamientos) que empezaron a cambiar su cuerpo y su salud”.
“Lo
cuarto es que, cuando dedicaban tiempo a pensar y ensayar en quién querían
convertirse, cuando se sentaban y se concentraban en ese individuo, tuvieron
largos momentos en que perdieron la noción del tiempo y el espacio.
En otras
palabras, se concentraban tanto en lo que estaban pensando que cuando abrían
los ojos y encendían la luz de la habitación esperaban que hubieran pasado diez
o quince minutos cuando en realidad había sido una hora u hora y media, lo que
significa que hicieron el pensamiento más real que todo lo demás.
Cuando
hacemos eso el cerebro empieza a rastrear estos cambios y a formular nuevas
redes neuronales”.
¿Qué
preguntas debemos hacernos para sentir de otra manera?
La mayoría
de las personas cree que las emociones son reales.
Las emociones y los
sentimientos son el producto final, el resultado de nuestras experiencias.
Si
no hay experiencias nuevas o vividas de otra manera, vivimos siempre en la
actualización de sentimientos pasados.
Se trata del mismo proceso químico vez
tras vez.
Una pregunta que ayudaría a cambiarnos es:
¿qué sentimiento tengo
cada día que me sirve de excusa para no cambiar?
Si las personas empiezan a
decirse: yo puedo eliminar la culpa, la vergüenza, las sensaciones de no
merecer, de no valer…; si podemos eliminar esos estados emocionales
destructivos, empezamos a liberarnos, porque son estos estados emocionales los
que nos impulsan a comportarnos como animales con grandes almacenes de
recuerdos.
¿Cuál es el mayor ideal de mí mismo?
¿Qué puedo cambiar de mí mismo
para ser mejor persona?
¿A quién en la historia admiro y qué quiero emular?
-Pero
saber quién quieres ser no es suficiente para cambiar tu cableado.
No. El
conocimiento es lo que precede a la experiencia.
Aprender una información es
personalizarla y aplicarla.
Debemos modificar nuestro comportamiento para poder
tener una nueva experiencia que a su vez crea nuevas emociones.
El conocimiento
es para la mente; la experiencia, para el cuerpo.
Tenemos que enseñar al cuerpo
lo que la mente ha entendido intelectualmente.
Si seguimos repitiendo esa
experiencia, se archiva en un sistema nuevo en el cerebro, y eso permite pasar
del pensar al hacer, al ser.
-El
siguiente paso es cambiar hábitos de comportamiento, tiene que haber acción.
El hábito
más grande que tenemos que romper es el de ser nosotros mismos, porque la
neurociencia y la psicología dicen que la personalidad ya está formada antes de
los 35 años, eso significa que tenemos los circuitos hechos para poder
enfrentarnos a cualquier situación y, por lo tanto, vamos a pensar, a sentir y
actuar de la misma manera el resto de nuestros días.
Pero los últimos estudios
muestran que es posible cambiar la personalidad en todas las etapas de la vida,
para eso hay que convertir el hábito inconsciente en algo consciente, llegar a
tener conciencia de esos pensamientos y sentimientos inconscientes.

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