Capítulo 1:
El guion que nunca elegiste
Desde que nacemos, la vida nos entrega un guion preescrito. No lo pedimos, no lo firmamos y, sin embargo, nos empujan a vivirlo como si fuera nuestro.
La familia, la escuela, la sociedad e incluso ciertas tradiciones espirituales nos van enseñando a obedecer patrones de pensamiento, emociones y comportamientos que limitan nuestra verdadera esencia. Aprendemos a caminar por senderos ya definidos, a sentir lo que nos dijeron que debíamos sentir y a creer lo que nos enseñaron que era “verdad”.
Este guion invisibiliza una realidad fundamental: tu conciencia no está limitada por lo que heredaste o aprendiste, sino por lo que aceptas sin cuestionar. La mayoría de las personas viven atrapadas en un ciclo de expectativas, culpas y normas que no eligieron. Este es el primer nivel de la matriz del religare: estar atado a un sistema que decide por ti cómo amar, cómo sufrir y cómo creer.
Jesús, en sus enseñanzas originales, vino a romper ese guion impuesto. Su mensaje no era obedecer normas externas, sino activar el código interno de libertad y conciencia que todos poseemos. Cada parábola, cada acto y cada palabra eran como instrucciones codificadas para despertar la mente y el corazón.
Pero la matriz es astuta. Nos hace creer que el despertar es peligroso, que cuestionar es pecado, y que la obediencia ciega es sinónimo de protección. Nos convence de que no hay otra realidad, que la prisión es nuestro hogar, y que vivir por fuera del guion es imposible.
Hoy, este capítulo te invita a hacer algo radical: reconocer el guion que nunca elegiste. Observarlo sin juicio, comprenderlo sin culpa y, sobre todo, darte cuenta de que puedes escribir tu propia historia.
Clave práctica del capítulo:
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Toma un momento de silencio y reflexiona: ¿Qué creencias, hábitos o miedos sigo por inercia y no por elección propia?
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Escríbelos en una hoja. Solo al verlos escritos, empiezas a liberarte del guion que otros te impusieron.
Porque despertar no significa seguir otro guion, sino reconocer que el libre albedrío siempre estuvo allí, esperando que lo uses.
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