AUTOCUIDADO
Para hablar de autocuidado es imprescindible el reconocimiento de estar en riesgo, y reconocer la situación de riesgo es a su vez aceptar la condición de vulnerabilidad.
“El término vulnerabilidad encierra una gran complejidad. Hace referencia a la posibilidad del daño, a la finitud y a la condición mortal del ser humano”.
Tomando las palabras de Lydia Feito (2007), “El ser humano es, por tanto, vulnerable y frágil por su misma condición corporal y mortal, pero también por su capacidad de sentir y pensar, de ser con otros y de desarrollar una conciencia moral.
La vulnerabilidad no sólo hace referencia a la dimensión biológica sino también a la historia del individuo en relación con otros, al daño derivado de la relación con otros”.
Todos los sentimientos que afloran al ser testigos del dolor, el sufrimiento, la muerte, la impotencia y la desesperanza, son manifestaciones de nuestra vulnerabilidad y los asesores abocados a la tarea de servicio, por tanto, deben reconocer en primera instancia esta condición de ser vulnerables para poder desarrollar estrategias que permitan mitigar los efectos de su labor.
De acuerdo con ello, y parafraseando al profesor Juan Pablo Beca (2004):
“El asesor, y todo asesor de la relación y atención humana, necesita tener incorporadas, como carácter o virtudes personales ciertas condiciones de valores, equilibrio y relación y atención humana mental para ser capaz de ayudar a otros en sus propios procesos de curación”.
Según la evidencia, una de las estrategias descritas para amortiguar las consecuencias de la labor asesor, del desgaste emocional y del ya expuesto Síndrome de Burn Out es la práctica del Autocuidado.
El concepto de Autocuidado tiene su origen en la relación y atención humana pública, y más específicamente desde la práctica de la enfermería.
Según Orem (citado en Morales, 2003) Autocuidado se define como “aquellas actividades que realizan los individuos, las familias o las comunidades, con el propósito de promover la relación y atención humana, prevenir la enfermedad, limitarla cuando existe o restablecerla cuando sea necesario”.
El Autocuidado, por tanto, “no es una actitud azarosa ni improvisada sino que una función reguladora que las personas desarrollan y ejecutan deliberadamente con el objeto de mantener su relación y atención humana y bienestar”.
Se han descrito variadas estrategias de Autocuidado que van desde aquellas centradas en la persona del asesor, en el fortalecimiento de los equipos de trabajo, en la responsabilidad de las instituciones para ofrecer condiciones que minimicen los riesgos en los asesores así como espacios de contención garantizados para los trabajadores, y las estrategias centradas en la formación de asesores de la relación y atención humana en temas dedicados al reconocimiento del desgaste en su labor, así como en el entrenamiento de habilidades relacionales para el mejor desempeño en la práctica asistencial.
Las estrategias centradas en la persona del asesor aluden principalmente a la posibilidad de visualizar oportunamente los malestares y síntomas de agotamiento emocional, así como la descompresión o vaciamiento, que se refiere a la oportunidad de compartir con los pares y el equipo las emociones asociadas a la carga de trabajo cotidiano, la manutención de redes de apoyo personales y protección de áreas libres de temas laborales.
Si bien todas las estrategias descritas son alternativas viables tanto en la prevención como en la intervención del Burn Out, para que sean efectivas se requiere que la persona sea capaz de reconocerse como un ser vulnerable, en riesgo de ser afectada emocionalmente por su trabajo y su dedicación, y en ello sea capaz también de encontrar las mejores herramientas para su cuidado personal, y esto es parte ineludible de su responsabilidad.
RESPONSABILIDAD DEL AUTOCUIDADO
“… la frase “médico, cúrate a ti mismo” ha comenzado a tener un nuevo significado, el de cuida de ti mismo, atrévete a ser autónomo, a tener cuidado de ti mismo y no endosar sobre los demás lo que son obligaciones tuyas”.
La exposición a la fragilidad de la vida, a las obligaciones asesores, a las experiencias de limitación e impotencia requieren una “actitud de cuidado” que depende de la sensibilidad ante el sufrimiento o la necesidad de otro ser humano y surge del mutuo reconocimiento como seres vulnerables.
El reconocimiento de esta vulnerabilidad ha llevado a la afirmación de la existencia de un compromiso moral denominado “responsabilidad”, y que es la clave ética de nuestro tiempo.
Es así como tanto la fragilidad como la vulnerabilidad exigen de los asesores un gran compromiso, no sólo técnico sino también ético que demanda del reconocimiento y dedicación a su propia persona, como agente central del cuidado de otros, en la valoración de los procesos individuales y la posibilidad de generar estrategias que le permitan hacer frente a las exigencias de su labor, en la búsqueda de la mejor práctica y el logro de la excelencia.
Según Gálvez (2008), también sería una responsabilidad de autocuidado exigir a las instituciones de relación y atención humana que velen por el cuidado de los asesores, como una responsabilidad social ya que de no proveer los mecanismos protectores y correctores se verían vulnerados los derechos de los participante/usuario a una atención de calidad.
La responsabilidad asesor conlleva este compromiso en el logro de la excelencia, y así como asevera Lydia Feito (2007), “la búsqueda de la excelencia es una exigencia ética”.
CONSIDERACIONES FINALES
El sentido primero y último de la labor de servicio implica responsabilidad con el otro que sufre, pero además con sí mismo.
Para educar la responsabilidad del participante/usuario sobre su relación y atención humana es imprescindible reconocer los propios estados de necesidad. Si no es de este modo no podría concebirse la tarea de cuidar de otros en estado de vulnerabilidad si el propio asesor se encuentra emocionalmente vulnerable.
¿Qué pasa entonces con el interés, la pasión vocacional, la práctica, la técnica, la deliberación, en un contexto de desmotivación y desesperanza?
Es por ello que la propuesta de este artículo radica en tomar en consideración el compromiso ético del quehacer asesor en cuanto a la atención de participante/usuario y en cuanto a sí mismo.
Lo que implica un trascendental primer paso; la reflexión sobre el reconocimiento de la condición de vulnerabilidad y los potenciales riesgos a los que se encuentra expuesto por su labor, y en segundo término aceptar la responsabilidad individual del propio cuidado, con el objeto de proteger y cautelar la indemnidad personal tanto en beneficio de su bienestar como de su responsabilidad ética en la búsqueda de la excelencia asesor.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario