Todos anhelamos una vida plena, y buscamos darle un sentido, darle más vida a nuestra vida.
Este anhelo no es sino un eco de un impulso divino que nos mueve desde dentro:
“He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”, dice Jesús en el Evangelio, a lo que Ireneo de Lyon comenta: “La gloria de Dios es el ser humano plenamente vivo”.
Las religiones mal entendida puede llevar a una oposición entre vida espiritual y vida de los sentidos.
En realidad, una plena comunión con la Fuente de la vida implica un despertar a la vida en todos sus niveles.
“Dios nos habla a través de todo lo que existe.
La inagotable poesía de Dios viene a nosotros en cinco idiomas: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto” (David Steindl-Rast).
La experiencia nos muestra que podemos estar vivos en mayor o menor grado.
Conocemos incluso personas que pasan por la vida como autómatas, dominados por la rutina.
¿Cómo lograr despertar a la realidad y lograr una vida más plena?
La clave es la gratitud: dejar de dar las cosas por descontado para recibirlas como un don, con gesto agradecido.
“Lo que cuenta en el camino hacia la plenitud es que recordemos esta gran verdad: todo es gratuito, todo es un regalo.
La medida en que estemos despiertos a esta verdad, será la medida de nuestra gratitud; y la gratitud es la medida de nuestro estar vivos.
¿Acaso no estamos muertos a todo aquello que damos por sentado? Vivir una vida abierta a la sorpresa nos hace sentir más vivos que nunca” (David Steindl-Rast).
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